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Acerca de TijuanensesAbril 1996. Varias veces me he acercado A este libro de Campbell. He leido sus entre líneas y he andado por sus páginas. Y esto de andar lo digo literalmente, es decir, como un personaje en el segundo relato titulado "Anticipo de incorporación". Sin embargo, debo confesar que el estar adentro de la obra no necesariamente me ha facilitado la tarea de interpretarla con alguna profundidad. El resultado viene siendo el mismo: quedo perplejo frente a la impotencia de afirmar con certeza que el mensaje de "Tijuanense" me ha quedado claro y que podría, si quisiera, sintetizarlo en unas pocas palabras. Ante este muro de lamentos, vale entonces preguntarse ¿cuál es la genealogía de esta escritura que se desplanta ante el lector en una lidia a muerte donde triunfa el simbolismo obsesivo? ?serí acaso el narrador un pertinente en expiación que habla a través de velos convirtiendo en su confesor a quien debiera ser el simple receptor de su relato? Hagamos un intento. Todos conocemos el principio que nos dicta nunca juzgar un libro ni por su portada ni por el resultado de una primera lectura superficial. "Tijuanenses" reœne en su naturaleza las asechanzas de estos dos peligros. Veamos su portada. Dos hombres miran de frente el lente de la cámara que los fotografía. La pose es de cuerpo entero. Los hombres están disfrazados de vaqueros: de pe a pa. No obstante, uno tiene que leer " Post scriptum triste", un hermoso diario literario escrito también por Federico, para caer en la cuenta de que el vaquero de la derecha, el de la barba partida, con el pasar de los años habría de ser su padre. De alguna manera, esa fotografía es un presagio del mismo libro al que encubre: dos hombres esconden su verdadera identidad detrás de una máscara ranchera y unode ellos es un hombre inacabado pues aun no ha procreado. Esconderse, ocultarse,mostrar en parcialidades, enmascarar, todos estos telones constituyen una parte fundamental del juego literario de esta obra, en la que Campbell, autobiografi‡ndose, nos desnuda la anatom'a de una alma sosegada, que se asienta en un mundo para él inapresiable, en la aurora de su juventud demasiado solitaria. Pero quiero regresar a lo de la portada. Si nos dejámos guiar por ella para vaticinar el contenido de la obra, estaríamos en esera de un relato del " viejo oeste", pleno de acción y aventura; pero como hemos apuntado, al cosa no va por ah'. ? Qué mejor opción iniciar un libro con la fotografía del padre que trata la biografía? por algún motivo, la portada, que es una máscara, despierta en uno los instintosgatunos de querer despejar cuanto antes la incógnita de estos dos hombres que se anuncian, a voz en cuello, como tijuanenses. ¿Quienes son? ? Por qué son ajuares tan artificiales? Pero el narrador luego nos envuelve en una primera persona gramatical que es sedosa, de tono muy bajo, como arropada por una frecuencia modulada que a nuestros sentidos los engancha sin más. Es una voz que nos toma por la mano derecha porque del hombro izquierdo siempre cuelga una c‡mara fotográfica, y nos emprende por este viaje al parecer algo extraño, debido tanto a la ambiguedad y dispersión de los acontecimientos como a personajes que son delineados a manera de bosquejos. Luego nos sentimos alterdos por la ingravidez de ciertos paisajes surrealistas en donde preferiríamos que mejor alguien disculpara nuestra ausencia. Pero despues nos tranquilizamos... sobre todo al establecer contacto con sitios y objetos muy tijuanenses que nos reconfortan y en los cuales nos reconocemos. Sin embrago, este descanso fue eso solamente, pues pronto volvemos a la carga de nuestras divagaciones que nos reenchufan con el estado de tensión en donde nos ha mantenido prisioneros el narrador. Lentamente se van confirmando nuestras sospechas de no estar frente a una narrativa de visizeon realista. Nos percatamos en cambio de la manera como el guía nos conduce por la vereda de un relatro de tipo criptográfico y de cómo nos lleva por los renglones de un texto cifrado, en donde, una figura desdibujada del autor va apareciendo como si fuera una negativa revelada ante nuestros ojos. Esta escritura enmascarada nos recicla el interés por proseguir el texto, mediante escenas y descripciones que nos retan a localizar el hilo conductor, que es tenue, a encuadrar una trama que se nos desmorona a cada capítulo y a imbuirnos dentro de unos personajes enternecedores pero que viven unos cuantos instantes, sin que al final los hayamos podido comprender todo. Consecuencia de lo anterior es que nuestro engarce con el narrador, en el plano realista, se destraba y vamos quedando libres para regocijarnos en el esplendor de una abundante poŽtica subjetiva, repleta de cierta lírica intimista que nos conduce hasta el consciente del autor que lo arriesga todo, que descubre sus miedos, que nos asoma a sus vacios, que clama su canto de indiferencia a los oidos de nadie, si nadie lo quiere oir, y y que se entrega humilde, sin piel, al lector justo, al que haya querido tornarse en su confesor, a todos los que ahora, por esa confesión, se encuentran reunidos con él. Es viendo con sus ojos, los del autor, y angusti‡ndonos con su abulia como empezamos a penetrar en la enorme metáfora de " Tijuanenses ". El narrador es un tremendo fisgón y todo lo enfoca con el lente de su cámara. Sus tomas describen una realidad pretérita que recuerda,lugares que quizá visitó o sitios que recrea. Los médanos colindan con el casino de Agua Caliente y este, a veces luce resplandescinte y a veces lo encontramos en ruinas. La ciudad tiene un cementerio gigantesco...ahora cito a un Campbell profético: "como bien le corresponde a una ciudad tan criminal". Nada escapa al ojo de este halcón escocés. Todos los detalles son recordados y descritos por minœsculos que sean. Toda la península y su corazón juegan en el arenero donde se desdoblan sus visitaciones imaginarias y biográficas. Y siempre regresa al búngalo o al sitio donde está el pirul caído. Para entrar a " Todo lo de las focas ", de nada le sirve a uno portar el memorable tatuaje que nos dejó la Poli a los que pasamos por sus aulas o habitamos su internado; ni haber aprendido a fumar " Chesterfields " detrás del bordo a la hora del recreo ni haber trepado por los intestinos de Torre de Agua Caliente a grabar iniciales, o haber sentido que los pies se hundían en la señorona alfombra del Salón de Oro -aun cuando sólo hubiera sido para presentar exámenes finales- o haber besado unos labios en el claroscuro de una lunada o haber rodado en caída libre por la falda de un médano. Ninguna de estas vivencias nos es útil porque estos contextos, para el narrador, son simples paisajes para evocar un tormento interior, el pretexto para una escritura que sufre la incapacidad y falta de voluntad de un joven solo, desorientado, que no es nada ni quiere ser nada porque nada le importa y todo le da lo mismo, cito: "He llegado a lugares en que jamás estuve y me conduzco como si allí hubiera transcurrido toda mi vida". Es tijuanense, es sonorense, es defeño a la vez y al mismo tiempo no es nada. Es una foca fuera de foco, un foco sin foca, anfibio, piloto, fotógrafo de recuerdos vistos a través de una lente desajustada, digamos, por estar a tono: desenfocada. El narrador es un buen reportero. Nos describe lo que ve pewro mantiene una buena distancia. Su voz siempre se escucha sin opinar, sin ensuciarse las manos. Nos abandona para que seamos testigos de un aborto, nos deja solos en medio de todo el sangrerío, como si estuviésemos adentro de una nota roja. ¿O acaso se trata de una crítica social sobre una de las tantas páginas negras de nuestro campamento de nómadas y tolderío moral en que a veces se transforma nuestra ciudad?. Nos quedamos con la tarea de juzgar este crímen, pero el narrador no se inmuta, él está obsecionado con el subjetivismo impecable. Él no especula, solamente retrata. No expresa la más mínima emoción. Cuando Beverly se muere en los brazos. Beverly. La que entra y sale de escena como pensamiento loco. Beverly la americana alta, dormilona, de dientes de ardilla, la que pilotea aviones, la bailarina del Blue Fox, la prostituta que le hizo eyacular su inocencia, las amazonas que lo echaron de su compañía, ella, todas, ninguna y cien mil... Beverly: la foca mayor, la que se presta para cualquier deseo, la que se baña junto a unos leprosos dentro de una picina con aguas sulfurosas. Todo lo de las focas: un río narrativo inacabable que carga en su lomo la inconciencia de un tijuanense adolesente que quiere aferrarse a algo, aunque sea a la fuente de los faunos o a la albrerca y baños alahmbrinos o al inmenso candil del Salon de Oro. Algo. Algo de aquellos espacios auténticamente tijuanenses. ¡Algo tan siquiera, carajo!, antes de que se derrumbe la inmisericordia y el pillaje de un nacionalismo revolucionario chiflado. Acaso por eso hay depresión. Un día regresa Cambell a tijuana y la Poli ha sido destruida. Se queda huérfano, le han arrancado un brazo de sus raices. Está abatido.Lo único enhiesto es alminar, una longa columna, el minarte donde sus recuerdos se hacen panal. Sin desprendernos de nuestro decodificador "post scriptum triste", obra a la que nos referimos, entramos a los demas relatos que conforman "Tijuanenses". Estos son: "Anticipo de incorporación", "Tijuanenses", "Los brothers", e "Insurgentes big sur". Nos recibe aquella idéntica voz con el mismo desgano de vivir, este medio tonop admirable que puede sostener Federico página tras página. Estos últimos relatos cierran, de manera mas autobiográfica, el círculo de su etapa de "bilis negra", el melancolismo que lo azotó de los 13 a los 37 años. Ortega y Gasset sostenía que todo escritor tiene derecho a que busquemos en su obra lo que en ella ha querido poner. Que podríamos aplaudiral o inflamarla solamente después de haber descubierto su voluntad e intención. "Antes de juzgarlo tenemos que entenderlo", decía. Para crear una obra de la dimensón de "Tijuanenses" se precisan dos materiales: valor y sensibilidad. Federico: ahora te entendemos más.
Jacinto Astiazarán Rosas , México. © 1996
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