Revista cultural de la Tía Juana

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Autor:
Becker García.
Cd. Obregón, México.
© 1997

Un juramento eterno

A lo largo de muchas generaciones, tantas que la memoria apenas las alcanzaba, muchachos como él hacían el juramento tradicional Yaqui. Preparado desde los diez para el acto, cuatro años después, sentía que el corazón le daba un vuelco cuando el cobanahuác repetía las frases de compromiso. Cada palabra, cada letra, caía en un torrente de cascada furiosa, para depositarse detrás de las orejas, el último lugar a donde llegaría el olvido.

E bectchi-bo-o-ca-ita into...
Para ti ya no habrá más sol. Para ti ya no habrá noche. Para ti ya no habrá dolor. Para ti ya no habrá calor, ni sed, ni hambre, ni lluvia, ni aire, ni enfermedades, ni familia. Nada podrá atemorizarte. Todo ha concluido para ti, excepto una cosa: el cumplimiento del deber. En el puesto que se te designe, allí quedarás por la defensa de tu nación, de tu pueblo, de tu raza, de tus costumbres, de tu religión.

-Ehuí- contestaron en un solo grito
Le entregaron su penacho con la piel de coyote, su aljaba llena de flechas y su arco.

Mas Juan José no fue destinado para ser un guerrero contra los invasores yoris. Su encomienda, le decían, iba mas allá del arte de la guerra. Desde que lo llevaron a la sierra del Bacatete por primera vez, junto a la mayoría de los que ahí juraban, se había destacado de entre los demás por su extraordinaria habilidad para seguir las huellas del venado. Su primer flecha lanzada, traspasó el cuello de un conejo que tomaba el sol, y debido al sigilo del niño, nunca se enteró bien a bien del procedimiento en que halló la muerte. Con particular interés, los instructores de la tribu le enseñaron uno a uno los trucos de la cacería, y con el tiempo, se convirtió en el alumno mas avanzado.

Esa era la razón por la cual lo designaron a la caza, aún cuando no entendía su completo significado. Él soñaba con defender la nación de aquellos que deseaban para sí las tierras. Callado, pensativo, no se oponía a los designios de sus mayores, pero allá muy dentro de él mismo, una llama de descontento crecía hasta inundarle el cuerpo.

Su contrariedad, por alguna razón, fue descubierta por el Io-o-ue Coyote-pájaro y lo llamó a su presencia. - Cuando inicien las batallas; -le dijo- cuando las familias de los guerreros marchen de sol a luna; cuando dejen sus casas, sus tierras, su río. ¿Quien les dará de comer?... Así, cada cazador dará de comer a diez guerreros y a sus familas, entonces, tú, tus actos, contarán más que cien soldados juntos.

Desde ese momento su encomienda tomo un sesgo distinto. Liberado de las angustias y de los miedos de sentirse infructuoso, desarrolló toda una técnica para la caza del venado. Los seguia hasta agotarlos. Corría detrás, se paraba en descansos jadeantes. Mientras el animal vigilaba en torno del olfato, el indio disfrazaba sus olores.
Durante la persecución, que en ocasiones se extendía por días, el cazador sólo bebía agua ocasionalmente cuando un arroyo o un represo natural se cruzaba por su camino, o, si esto no ocurría, bastaba morder las hojas impregnadas del rocío matutino para aplacar la sed.
Para el hambre; bastaban los "papichios borrachos" que Juan se encontraba en el camino. Sin él saberlo, la negra y pequeña fruta servía para mantenerlo en estado eufórico durante la cacería, olvidandose del cansancio, calor y frío; con la licidez suficiente para ser mejor que su presa.
El final de la persecución era siempre festejado con un canto a la naturaleza, donde Juan, después de desangrar a su animal, marcarse cara y cuerpo desnudo con mezcla de su propia sangre y tierras multicolores, danzaba dando aullidos y gritos de perdón y reverencia por el caído, sin olvidar agradecer a sus dioses por la victoria obtenida. Daba vueltas y más vueltas, con sus músculos y nervios de guerrero invulnerable tensos a casi explotar. Entonces imitaba a los animales salvajes que competían por el árido espacio que los años les habían heredado, como una prueba de la eficiencia del más fuerte, del más sano, del más astuto.
El rito era con tal vigor, que al final el muchacho caía en un sopor de veladuerme, donde los venados gigantes lo acosaban a él, acorneándolo con sus astas envenenadas hasta hacerlo caer, para que cientos de coyotes enanos le jalaran con sus colmillos los dedos, la nariz, orejas, y cualquier protuberancia de su cansado cuerpo, y lo dejaran en alma y huesos, suficientes para pagar la afrenta.
Al terminar el arrebato, dormía hasta recuperar fuerzas suficientes para cargar a sus presas, llevarlas a su tribu y proceder a salar las pieles y a cecinar la carne.
Pronto se hizo de la fama que lo catalogaba como el mejor cazador Yaqui.

La soledad encontrada en sus largos periodos en el monte le enseño a escuchar el canto de los pájaros, aprender el sigilo del puma, la astucia del zorro y la agilidad de los peces del río.

Cuando ya era un experto en el oficio, al seguir los pasos de un jabalí, detrás de una cuesta no muy grande se encontró de frente con un tropel de venados, comandado por el macho mas grande que jamás haya visto. Por el momento, quizás de estupor o de respeto, cazador y presa se miraron fijamente a los ojos. Uno descubrió en el otro, la ansiedad de conservar su raza con igual intensidad, y por la mente del muchacho, pasaron mil ideas antes de disparar su flecha. Pero Juan se perdió en el hechizo que le produjo la hermosa figura del animal de diez puntas, al sopesar las posibilidades, resolvió que no era justo matar a ese ejemplar por obra de la casualidad, sino por el contrario, tendría que dejar la lid para otra ocasión, donde ambos estuviesen en igualdad de circunstancias.
Los animales escaparon siguiendo los pasos del guía, y con enormes saltos se perdieron en el monte. Desde ese día y por muchas semanas, el joven indio buscó huellas frescas de la manada, pero todo fue en vano; no encontró las que verdad le interesaban.

Casi un año después, en un recorrido por las marismas aledañas a la desembocadura del río Yaqui, en busca de las liebres que en esos lugares abundaban, encontró las huellas de muchos animales. De entre todas, destacandose por su tamaño, hallo las pisadas del macho. La sarta de liebres que traía en el hombro voló por los aires, ante la urgencia de seguir el rastro. Al tocar las marcas en el lodo, supuso que no habría pasado mas de una hora desde que se marcharon, y después de revisar sus flechas, se lanzo en busca de su presa.
Antes de que el sol llegara al cenit, los divisó como a quinientos metros. La mayoría se hallaba echados bajo la sombra de unos mezquites, mientras otros bebian del río. El calor era insoportable por lo que tomaría un buen descanso. Recordó que nunca había visto tantos venados juntos, pero ninguno le interesaba como aquel que en medio de todos, mordisqueaba un zacatal, alerta a cualquier ruido, olor o movimiento repentino.

Tomo la detrerminación de sumergirse en el río y acercarse hasta ellos. Revisó el viento, y vio que éste venía en dirección contraria a su camino, con lo cual evitaría que los animales lo descubriesen. Debido a sus lentos movimientos, le tomo una hora entera ubicarse a cincuenta metros de su presa, para que, en ese instante, por causas muy comunes en el desierto, un remolino de aire llevo su olor hasta el olfato del macho.
Levantó la cabeza, miro en derredor oteando el viento, hasta que de nuevo y por segunda ocasión sus ojos se miraron fijamente. Dos segundos después una estampida retumbó en los confines del valle. El inmenso amimal y alrededor de cincuenta venados más, iniciaron una larga y apresurada carrera. El joven Yaqui tuvo al alcance de sus flechas a muchos miembros del grupo, quienes, en la desconcertada huida, no se percataron de su presencia y casi lo atropellan. Pero él no lanzó la flecha lista en su arco, ésta la tenia reservada para el guía.
Durante varios días anduvo atrás de la manada. Todas sus prioridades quedaron relegadas a un segundo plano. Por sus experiencias anteriores, sabía que si se internaban por completo en la sierra del Bacatete, los mil recobecos le impediran alcanzarlos. Por eso aceleró su paso, para ganarle tiempo al tiempo.
En un punto determinado, las huellas se dividian en dos secciones, unos tomaron a la izquierda alejándose del río y otros a la derecha, tratando siempre de no abandonar las aguas. Buscó en las marcas, para descubrir que el líder y las huellas mayores, siguieron por la segunda opción.
Dos días mas tarde, el corazón casi lo ahoga de entusiasmo, al descubrir que el avance de los animales mayores se hacía lento, tal vez por el cansancio de ser perseguidos tanto tiempo, o quizá por la confianza de no sentirse acorralados.
Justo en ese momento, antes de entrar a la hondanada, el cazadore olió la manada muy cerca de allí. Despacio, sin hacer el menor ruido, Juan caminó hacia la loma que se ubicaba justo encima de la vaguada. Entonces alcanzó a ver a los hermosos animales que se hallaban a pocos metros por abajo de sus pies, descansando, exaustos, a excepción del guía quien de pie se quedó vigilante. Tensó su arco, apuntó, y antes de soltar la flecha, el animal volteó a verlo amenazante. En el brillo de sus ojos se dibujaba un odio lacerante, de vida o muerte. La saeta fue a incrustarse en la cruz formada por el pecho y el nacimiento del cuello. El venado detuvo la carrera que había iniciado hacia donde se encontraba su enemigo, dio un salto en el aire y cayó sobre su lomo. Muerto. Con el corazón atravesado.
Con el embeleso de la victoria, Juan no se dio cuenta de que las hembras aterrorizadas se lanzaron cerro arriba, quizás en busca de él y la venganza. No tuvo tiempo de buscar una segunda flecha de su ajiba para defenderse del ataque, y al dar unos pasos a su izquierda, buscó guarnecerse de la estampida, sólo que en el intento, sus pies buscaron afianzarse en las rocas sueltas que rodaron primero que él, cañada abajo.
Al volar por los aires, antes de caer de golpe, lanzó un estremecedor grito más de triunfo que de miedo.
Nunca supo por cuanto tiempo quedó inconciente, pero, al despertar, lo primero que buscó fue el cuerpo del animal. Levantó la cabeza y no pudo dar con él. Se incorporó pensando que el guía no se hallaba muerto como había creído en un principo. Una sed inmensa se apoderó de su lengua y buscó casi a ciegas el agua del río.
Mientras caminaba, casi arrastrando el cuerpo y el alma golpeada, las palabras de su juramento retumbaban en su mente por alguna extraña razón.

Para ti ya no habra más sol. Para ti ya no habró más noche... Todo ha concluido para ti, excepto una cosa: el cumplimiento del deber. Serás el guía de la manada, esconderás de los ojos del implacable cazador ladrón, la conservarás para la nación Yaqui y sus descendientes.

Al llegar al río se agacho para beber agua, y en el espejo de ésta, vio reflejada su cabeza cornada con las diez astas de su enemigo. No lo invadió el miedo, sino por el contrario, supo entonces que su destino era conducir la manada lejos de la voracidad de los Yoris, de forma tal, que aplicaría todos sus conocimientos, y buscar que hasta el fin de los siglos, los venados y los Yaquis viviesen en ferviente armonía, para custodiar las tierras de sus antepasados.
Terminó de beber, y al erguirse, a lo lejos descubrió que su manada esperaba impaciente y temerosa por él.

Bécker García. Cd. Obregón, México. © 1997

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