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Museo Escultorico
"La Telaraña"



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En el año 1941, el pintor Diego Rivera, quien había comprado un gran predio en los pedregales de Coyoacán, se decidió a edificar ahí un museo para alojar su fabulosa colección prehispánica, reunida a lo largo de toda su vida. El prodigioso edificio, diseñado por el mismo, contó con la ayuda invaluable de su amigo el arquitecto Juan O'Gorman para su edificación, y la museografía y selección de las casi sesenta mil piezas que conforman el invaluable acervo estuvo a cargo del gran escritor Carlos Pellicer, aunque siempre siguiendo las instrucciones e ideas que el propio pintor tuvo para el espacio que ya no alcanzó a ver totalmente terminado. A Diego le gustaba contar que había iniciado su colección a los ocho años, cuando recogió un sinfín de tepalcates al seguir en las calles del centro de la ciudad a un ingeniero que realizaba las obras de limpia y profundización del drenaje. Su coleccionismo de obras mesoamericanas, así como de arte popular mexicano y, la construcción del Anahuacalli y la posterior donación de sus casas parar ser convertidas en museos, inaugurarían en México una generosa tradición por parte de los artistas plásticos para convertir sus espacios vítales en centros culturales, o simplemente para impulsar museos. En Oaxaca, también el maestro Rufino Tamayo donó su colección de esculturillas y vasijas precolombinas en 1974, dando lugar a un museo que encarna una verdadera lección estética, orquestada con la complicidad del maestro Federico Gamboa, ese otro padre junto con Pellicer, de la hoy tan prestigiosa museografía mexicana. En alguna entrevista que tengo traspapelada, Tamayo decía que el museo también lo pensaba como un regalo para los jóvenes que se iniciaban en el arte en Oaxaca, jóvenes como los que se agrupaban en torno al maestro Roberto Doniz en su taller de pintura de la Escuela de Bellas Artes y que luego fundarían el taller Rufino Tamayo de pintura y gráfica. Por su lado, siendo aún joven, Toledo fundaría en 1972 la Casa de la Cultura de Juchitán, donde también donó una colección prehispánica, fundó una biblioteca y organizó muestras de fotógrafos como Cartier Bresson o de dibujos eróticos de Rodin, o de otros maestros nacionales y extranjeros pertenecientes a su colección personal. Aquella colección que Toledo fue atesorando para llevar a Juchitán el arte universal, se convertiría en 1988 en la colección del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, la mejor en su género en el país. Sin duda Toledo, es el intelectual que ha llevado a un extremo la enseñanza de Diego, de crear espacios públicos para el pueblo de Mexico, sus casas son hoy museos de fotografía, bibliotecas especializadas en arte, arquitectura y literatura, cines, fonotecas. Pero también, ha defendido el Patrimonio Cultural del Estado, ha impulsado la creación del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, un Jardín Etnobotánico en los espacios abiertos del ex Convento de Santo Domingo de Guzmán, un taller de papel hecho a mano en la primer plata hidroeléctrica del estado y un centro de talleres, exposiciones y residencias artísticas en San Agustín, Etla, además de un sostenido apoyo a múltiples bibliotecas, coneclubes, casa de cultura y demás proyectos de Oaxaca.

Alejandro Santiago estudió un par de años con el maestro Roberto Doniz en el Taller Rufino Tamayo, quien lo consideraba uno de sus alumnos más importantes, meses antes de morir me dijo en un encuentro casual en las calles de la Colonia Juárez en la ciudad de México: "Alejandro es libre y su expresión siempre fue suya, no imitó a ninguno de los grandes de Oaxaca, desde joven su gestualidad artística fue personal y escapó de lo decorativo y lo naife que muchos otros tuvieron y de lo cual no tuve la culpa, aunque tú me lo hallas reclamado en tus artículos Gálvez." Doniz le regaló algunas urnas zapotecas y mixtecas a Santiago, un legado que era al propio tiempo un reconocimiento del maestro al alumno. Alejandro Santiago ha vivido la historia de la multiplicación de espacios culturales en la capital oaxaqueña iniciada por Tamayo y desarrollada con inverosímil tesón y tino por Francisco Toledo. Ahora es él quien ha decidido agregar una vuelta más, un nudito a esta trama de espacios culturales y artistas que se inició con la construcción del fantástico edificio de lava volcánica que se llama Anahuacalli inaugurado en 1964, siete años después de la muerte de Diego y ocho antes de que Toledo gesitionara crear La Casa de la Cultura de Juchitán. La Telaraña es un centro dedicado a la exposición y a la práctica de la escultura, pero sus hilos atrapan en su nacimiento al taller La Huella Gráfica, donde Lucio Santiago, hijo del pintor lleva ya dos años impulsando las artes de la estampa. En noviembre de el año 2003 o 2004 vi en la Casa de la Cultura de Oaxaca por primera vez un conjunto de esculturas en cerámica de Alejandro Santigo, eran algo así como diez y conformaban una instalación para el día de muertos. Poco tiempo después, una señora italiana llegó a Oaxaca con la intención de hacer una exposición de artistas oaxaqueños, le sugerí que en lugar de mostrar pintura de Alejandro Santiago, fuésemos a buscarlo a su taller a ver si todavía tenía aquellas piezas. En un portón situado justo enfrente de lo que hoy es la telaraña, nos abrió Alejandro y nos mostró las esculturas de barro recostadas, pues no encontraba una buena solución para mantenerlas de pie. Las piezas fascinaron a la extranjera y se llevó algunas a la muestra en Italia. Luego esas obras serían algo así como las abuelitas o el origen de la monumental serie de 2501 Migrantes que Alejadro realizaría conformando un equipo con su familia y con un grupo de jóvenes campesinos que capacitaría con ese propósito, consiguiendo sacar adelante una de las proezas creativas más extraordinarias que se hallan visto en Oaxaca, un homenaje a cada uno de los que se fueron de su pueblo y a cada uno de los que se han ido de México, en esta tremenda guerra económica que el sistema capitalista ha entablado contra los pueblos del mundo y que en nuestro país, tiene más de veinte millones de personas de origen mexicano sobreviviendo en los Estados Unidos.

La apuesta de esa obra es absolutamente social y por eso ahora Santiago se encuentra embarcado en otro proyecto escultórico llamado El Golpe, con el cual busca homenajear a uno de los eslabones más bajos de la sociedad pero a la vez un eslabón fundamental de la cultura de nuestro país, siempre ignorado sin embargo: el diablero o cargador de los mercados. México es inexplicable sin cargadores, sin mecapales, sin diablitos, sin mercados. Alejandro Santiago ha vuelto los ojos a los tamemes para que la sociedad adquiera conciencia de que siempre hay una fuerza motriz humana que mueve desde el inicio de la cadena el mercado, el mercadeo, la economía. Una madrugada, como a las cinco y media, caminando entre los pasillos de la central de abastos de la Ciudad de México, siguiendo a los diableros yo con mi libreta de notas y Alejandro Santiago con su libreta de dibujo, me dijo, las esculturas ya están hechas, mira aquellos dos recargados en su diablo, y esos otros empujando una carga descomunal, que bueno que vinimos a este museo." Ese mismo día, todavía sin comer, terminamos buscando cargadores antiguos entre las salas del Museo Nacional de Antropología y yo pensé al ver las figurillas Olmecas, aztecas o zapotecas: "Están vivos, qué bueno que vinimos a este tianguis." Y recordé la sorpresiva mirada de los conquistadores españoles del mercado de Tlatelolco y los murales de Diego en Palacio Nacional, y por un momento sentí que estos cargadores, nos acompañaban a la salida del mercado, perdón, del museo, llevando la carga de nuestros locos descubrimientos. Con Alejandro la complicidad es así, espontánea, una sinergia de emociones que lo llevan con naturalidad del pueblo al arte, del arte a la comida, de la comida a la charla y el mezcal, del mezcal al rancho y la fiesta y de la fiesta a los gallos y los tambores y las esculturas. No hay fronteras, todo es un mundo fluido, una hiperactividad creativa que me recuerda los días en que fui director del naciente centro cultural de Veracruz La Ceiba Gráfica, donde su hijo Lucio estaba como residente aprendiendo a ser impresor de litografía: Alejandro llegaba de Oaxaca cargando en sus piernas una piedra litográfica que venía dibujando en la carretera. En el asiento trasero venían otras cuatro piedras. Le urgía imprimirlas pues con esas ediciones buscaría más fondos que para el proyecto de 2501 Migrantes . Un tanto incrédulo siempre le preguntaba cómo iba aquella hazaña y el siempre contaba lo bueno y lo malo, de manera tan natural como si se tratara de una extensión de su propio cuerpo, como si los hijos de barro no pararan de nacer y algunos se enfermaran y otros se murieran en el proceso, la familia crecía y no se podía parar, había ya fechas para exponer en Monterrey, los trailers se estaban consiguiendo, había decenas de reuniones para juntar más fondos, al fin alguien le había cambiado un carro por un cuadro y otro un camión de barro por ese carro, se sucedían los trueques y los negocios y el trabajo no terminaba nunca, se pintaban unos monos con pigmentos negros quizás por influencia de la noche que ya rodeaba el taller pero luego venían unos azules por influencia de un alba enmezcalada que ya caía sobre el rancho. Cuando llegó el día de la muestra sentí que como una estampida pasaban corriendo sobre mi incredulidad y la de muchos los 2501 personajes de tierra cocida, y entonces oí unja carcajada del artista mientras me decía "¡¡¿Qué pasó Gálvez, cómo que no tienes tiempo de presentar el catálogo?"

Alejandro no para, ahora aquí está La Telaraña, muchas esculturas ya son de su colección, después de sus proyectos escultóricos personales pues ya no pudo quitarse esa pasión por el arte volumétrico por excelencia, empezó a cambiar pinturas por esculturas con algunos creadores, otras piezas las compró con su dinero, sacó del baúl una pieza prehispánica de las que le dio Doniz, invitamos a otros escultores y en unos meses, se hizo de unas casas, las tiró, invitó al arquitecto mixteco Santibáñez a resolver el espacio y generó un hermoso patio con dos salas abiertas y altísimos muros de ladrillo con grecas en relieve naranja, de tierra cocida.

Así de fácil y así de desmesurado, hay días en que pienso que Alejandro crece a ciertas horas, cuando no lo vemos, que en realidad es un gigante al modo de Gargantúa, ese grandulón sibarita de la literatura universal, pero un gigante zapoteca, como del tamaño de la pieza que puso sobre la grava de tezontle rojo para inaugurar La Telaraña. De hecho, en su mundo, las arañas deben tener la estatura de las que hizo Louis Bourgeois, y si pensamos que la más grande de la escultoras murió el 30 de mayo de este año, apenas unas semanas antes de que se abriera este espacio escultórico, pues La Telaraña puede quedar como un mexicano homenaje a la maestra. De hecho, la escultura que abre la exposición inaugural debida a la autoría del provocador morelense Cisco Jímenez, sería impensable sin las estanterías con cristalerías y frascos que creó la artista en su célebre serie intitulada EL Desafio (1994).

La exposición primera mezcló estilos y materiales, mostró diversidad de posiciones ante el arte de la escultura, había obras más conceptuales, sátira política, refinado abstraccionismo, ensamblaje figurativo y obras con vínculos con lo prehispánico, ineludibles si pensamos en la grandeza de la tradición escultórica dentro de nuestras culturas madres. Había piezas en vidrio, en lámina de acero, fundidas en bronce, talladas en piedra, moldeadas con yeso, en cerámica horneada en alta temperatura, tanto vidriada como solo pigmentada con óxidos. Importaba más la diversidad y eso generó una extraña armonía, como una fiesta en que todo camina bien a pesar de que nadie en ella se parece, pero todos gozan de descubrir algo distinto al otro. Hay artistas también de al menos tres generaciones, todos vivos, exceptuando el autor anónimo de la urna zapoteca. El jardín era un bosque fantástico de formas y las salas se integraban a él de forma fácil. La escalera del espacio recordó en homenaje al gran Barragán y recordó también que la arquitectura y la escultura juega con el volumen y el espacio, aunque la escultura muchas veces es habitante de la arquitectura, ya desde hace años en México, con la escultura transitable de Hersúa y todo un concepto expansivo del espacio, la escultura se ha vuelto más aire contenido en muchas creaciones contemporáneas y con ello se ha acercado más a la arquitectura, al menos en conceptos estéticos.

La Telaraña va a tener un departamento para dos artistas nacionales o extranjeros que quieran venir a trabajar cerámica, o a fundir piezas en bronce o a hacer platería o vidrio. Los talleres van a estar en el rancho de Alejandro en Suchilquitongo. Si el artista quiere dejar nomás un boceto de su trabajo, podrá hacerlo y dejará hecho en litografía su dibujo y los técnicos tendrán que resolver el volumen de la obra. La idea es que cada artista pague con una pieza al espacio para acrecentar la colección del mismo. Así la telaraña lanzará sus hilos con exposiciones pero también con creaciones nuevas surgidas de sus círculos concéntricos, sus talleres. Yo que estoy casado con una escultora, hy días en que sueño que México tenga un gran parque escultórico como los que hay en Europa y Estados Unidos, quizá podamos convencer alguna autoridad o algún mecenas generoso y en Oaxaca, en sus alrededores, logremos desarrollar un parque con piezas que se produzcan en La Telaraña, por lo pronto, Alejandro ya puso este hermoso patio expositivo y los talleres, a ver quienes caen en las redes de la Teleraña y nos ayudan a deshilvanar el sueño.


Dirección del Museo:

Venustiano Carranza 214.
Colonia Alemán,
Oaxaca de Juárez, Oax. México


Horarios del Museo:


Lunes a Domingo de 9:00 a 14:00 y de 16:00 a 20:00



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